jueves, 12 de junio de 2014

El deseo era un punto inmóvil...











Los cuerpos se quedaban del lado solitario del amor
como si uno a otro se negasen sin negar el deseo
y en esa negación un nudo más fuerte que ellos mismos
indefinidamente los uniera.

¿Qué sabían los ojos y las manos,
qué sabía la piel, qué retenía un cuerpo
de la respiración del otro, quién hacía nacer
aquella lenta luz inmóvil
como única forma del deseo?

2 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

El deseo debería destruir todas las distancias, acercarlo todo al vértigo de la respiración escuchada.
Besos.

Anónimo dijo...

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