Supón que te abrazara con cuidado,
como si fuera una primera noche,
con ese temblor necio de los principiantes
que hacen piedra sus manos
y espadas sus palabras.
Supón que tú me miras y te quedas
prendida por el humo de mis ojos,
que ves en mí palomas apuntando
hacia el arrullo azul de tu sonrisa.
Supón por un momento que jugamos
a que todo lo nuestro sea verdad
y ya no más oscuro fingimiento
porque estamos cansados de tratar
con la licencia vil de la rutina.
Supón que es día de fiesta y que algún día
hay que soltar amarras y romper a vivir
definitivamente
en un mundo de tantas falsedades.
Supón que en un momento de descuido
-buscado por nosotros-
nos devora la noche y perdemos el tiempo
y nos suenan a chino las doce campanadas.
Supón que alguien llamara por teléfono
y tú le respondieras que estás muy ocupada
en descubrir las leyes de la felicidad
Supón que yo supongo que supones
que todo lo que he dicho te hace mella
y que esperas ansiosa su certeza.
No supongas, entonces, mis empeños
de las próximas horas,
pues no serán empeños solitarios.






















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