A veces la lluvia cae con la elegancia del que llega a tu casa como si no hubieran podido ocurrir las cosas de otra manera. La ciudad se hace íntima y lenta y sólo aquel que se niega a recibir la fina gota en el rostro se apura, incómodo, a las tareas cotidianas. Merece la pena detenerse un momento a contemplar cómo las aceras se deslavan: de pie, en la esquina, bajo la mínima protección de un saledizo. Hay algo en todo ello que te invita a la sonrisa y a entrar en el primer café, para parar aun más el día.
Silencio
Hace 11 horas


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