Hace tiempo que busco un nombre
para darte, rival mío:
tú me impones el yugo, el pesado
saco de arena, tu gastado martillo;
me conviertes en esclavo.
Te llevo del campo a la sopa vespertina,
siento tu peso,
cuando se levanta la luna y vuela el murciélago.
En la mesa los otros me llaman soñador,
mientras mi nuca se inclina hacia ti,
muy cerca de la derrota.

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